
Don Silvestre había dedicado su vida a tallar madera. Mis hijos, pensó, lo harán también, y también los hijos de mis hijos, hasta la eternidad.
Él imaginaba la eternidad como un lugar oscuro y acogedor donde los santos de caoba iban a refugiarse, calentándose a la luz de las velas, conversando unos con otros de su pasado milenario, mientras los ángeles les daban tazones de chocolate caliente. Harían milagros de oro y plata, deslizando hacia la noche pequeñas esferas de cristal, hechas de oro violeta, y oro rojo, y oro azul. En sus libros sin duda las páginas se abrían como pétalos y sus palabras navegaban como los peces. Inventaban ríos que corrían a sus pies para irse muy lejos, arrastrando delgadas flores de humo. Después, desde las gradas de piedra de la eternidad, contemplaban las nubes del crepúsculo y el lento vuelo de los astros.
La eternidad era la casa del incienso, la casa de la música.
Se quedó inmóvil, con su gubia en la mano. Su talla, una imagen a medio andar de una pequeña santa casi desconocida, encargo de una parroquia cercana, aun era un trozo de madera olorosa, cuya forma delataba los toscos rayones de la gubia.
Don Silvestre pensó que él, en realidad, no hacía sino descubrir el santo oculto en el árbol: san Laurel, san Conacaste, santa Ceiba... Él sencillamente sustituía la ruda vestimenta de la corteza por otra más noble, más digna de su elevada condición.
El tallador dejó escapar un suspiro. Los encargos se multiplicaban últimamente y ya no daba abasto. Es cierto que sus hijos eran conocedores del oficio, pero al crecer se fueron alejando del hogar, a lugares remotos.
Quedaba con los viejos una muchacha de sorprendente belleza, que ayudaba a su padre a preparar los colores.
La muchacha se acercó, interrumpiéndolo, para enseñarle que había terminado de moler el lapislázuli con el pesado mortero de bronce.
Amalia hizo observar a su padre que la tarde declinaba, que no debiera forzar más sus fatigados ojos. Ignoraba que desde hacía ratos, la mirada perdida, el tallador había suspendido su trabajo.
Sonsonate se iba hundiendo en la noche como si entrara en la eternidad y el aroma de las primeras estrellas se desató en el aire de noviembre.
II
Fragmentos del diario de don Silvestre
La santa ya está terminada. Le apliqué un baño de plata, la froté con una vejiga de toro, pinté su túnica con azul de ultramar.
Es curioso, pero casi me atrevería a afirmar que el pigmento estaba en el bote que corresponde al amarillo cadmio. Mañana vendrán de Nahulingo a buscarla.
Los indígenas de la cofradía de Nahulingo se llevaron en andas la imagen.
Hicieron estallar dos salvas de pólvora al partir y dejaron sobre mi mesa una bolsa llena de monedas. El amarillo cadmio está de nuevo en su lugar y el azul de ultramar en el suyo.
Como de costumbre. El jueves fue a la alcaldía a ver a mi amigo Juan de Mestanza. Al atardecer, concluidas las labores, en el enorme edificio donde se alinean en estantes los legajos de nuestra Alcaldía Mayor, entra un gran silencio recogido.
Ya no queda sino el portero indio en la planta baja y, en su despacho, Juan, que olvidado de su alto cargo se dedica al dulce ejercicio de los versos. Pero los jueves, a la hora del crepúsculo, el portero, cargando su pesado manojo de llaves, hace girar los goznes del portón para dejar entra a algunos elegidos, que nos reunimos a hablar del mundo maravilloso del arte.
Esta vez Juan nos leyó un soneto compuesto en honor a una joven dama española que conoció en México, quién turbó vivamente sus sentidos. El poema me pareció hermoso y le rogué que me dejara copiarlo en mi cuaderno:
Cual cándida paloma reclinada
Que el dulce viento pasa de corrida,
Como la bella aurora entretenida
Del nocturno vapor sale forzada;
Cual la blanca azucena rociada
Del frescor matutino enternecida,
Y cual temprana rosa, aun no cogida,
Entre espinosos cardos levantada.
Así entre todas va vuestra blancura,
Con gracia, con dulzura y con aseo,
Que excede toda gracia y hermosura.
Sois la blanca paloma en el meneo,
Sois azucena y rosa en la figura,
Sois una hermosa aurora a mi deseo.
La conversación se prolongó.
Juan se refirió a su amigo y compañero de letras Gutierre de Cetina, y ya entrada la tarde, nos mostró un libro de grabados de un holandés llamado Rembrandt.