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San Salvador

Biografía

23 de Junio de 2008

El Hermano Toby

 

  

La biografía del pastor Edgar López Bertrand, el famoso Hermano Toby, comenzará a circular en breve. Su autor, Marvin Galeas, autorizó a Centroamerica 21 la publicación de dos fragmentos que revelan el tono y el ritmo del libro.

 

 

Marvin Galeas

redaccion@centroamerica21.com

I

Una fresca mañana de mediados de noviembre  de 2003,  Bryan Richards tuvo una reunión con un influyente periodista de noticieros de televisión en un discreto café de un centro comercial ubicado en la Zona Rosa de San Salvador. Richards había pactado esa reunión con el propósito de informarse sobre la situación política y social del país. Quería componer una especie de mapa al estilo de  "quien es quien". Alguien le había recomendado entrevistarse con el periodista, quien además de conducir uno de los informativos de mayor audiencia, estaba bien conectado con la clase política y tenía muy buenos amigos entre la élite económica.

Fue en ese encuentro cuando Richards oyó por primera vez sobre el  Hermano Toby. El periodista le dijo que era el líder evangélico más influyente y que manejaba "un verdadero imperio". 

-¿Imperio espiritual?- Instigó el gringo, que vestía esa mañana una camisa a cuadros azules y blancos y unos lentes oscuros.

 -Espiritual y económico-, respondió el periodista, un hombre de unos 35 años, de pelo engominado, complexión delgada, y hablar afectado.

 -Explícame...

 -En relativamente pocos años-, explicó el periodista-, el movimiento  de Toby ha crecido como ningún otro, pero no solo en feligresía, sino también en templos, colegios, medios de comunicación, librerías, terrenos y otras propiedades...-¿De dónde crees que proviene la plata?-, preguntó el hombre de los lentes oscuros.

 -Lo más obvio es que se trata de  dinero que los mismos feligreses dan, pero no sé, es muy rápido todo.

Richards guardó silencio un largo rato. Tomó un sorbo de café negro y siguió preguntando sobre otras personas y temas, mientras escribía notas en una vieja libreta.  Esa misma noche  mientras tomaba un largo trago de whisky en la sala de su apartamento, ubicado dentro del perímetro del gigantesco edificio de la embajada de los Estados Unidos  en la colonia Santa Elena de San Salvador,  el nombre del Hermano Toby le rondaba la cabeza.

II

El timbrazo del teléfono estremeció a Jeyzel de López Bertrand. Estaba preocupada porque su esposo que ya debía haber llegado a Houston no la había llamado como hacía siempre por costumbre cada vez que llegaba a cualquier destino intermedio o final. Reconoció de inmediato la voz del hijo mayor  de su esposo y tuvo malos presagios. "No es nada grave, no se preocupe, mi papá está detenido en el aeropuerto de Houston. No se preocupe", dijo Toby Junior sin mucha convicción.

Jeyzel, una guapa mujer de unos 30 años, cabello rubio, ojos negros, rostro agradable, piel trigueña y mediana estatura, sintió que el corazón le dio un vuelco. Tomó asiento lentamente, después de colgar, en el confortable sillón color pastel de la sala de la elegante casa localizada en una tranquila zona de San Salvador, a escasos metros de la Villa Bautista, el complejo que alberga el imponente templo del Tabernáculo Bíblico Bautista Amigos de Israel, un colegio de secundaria, salas de atención médica, una librería, las instalaciones de una estación de radio y otra de televisión y la oficinas centrales de la Iglesia, incluyendo el despacho del pastor Edgard López Bertrand.

Nadie más llamó esa noche a Jeyzel. No podía conciliar el sueño debido a la incertidumbre. Por primera vez, en toda su vida matrimonial no sabía dónde estaba su esposo. Drupi, el pequeño, peludo y juguetón perrito con el que Edgard López Bertrand solía jugar en sus ratos de descanso, no se apartó ni un solo momento de Jeyzel. Hasta se acostó al lado de ella, mientras la miraba con ojos de melancolía como preguntando ¿qué pasa?

En la celda del Federal Detention Center, Edgard López Bertrand, el Hermano Toby, aún no sabía porque estaba en una cárcel de los Estados Unidos y no en Tel Aviv, hacia donde se dirigía cuando salió de su casa en las primeras horas de ese extraño día. Para combatir la angustia y la desesperación que se apoderaron por completo de él, se arrodilló a la orilla del pequeño catre y oró a Dios. Sus  primeras palabras fueron una pregunta dirigida al cielo desde lo más profundo de su corazón: Señor, ¿por qué?

 

  

              

   

             

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